Desaparecidos en combate



Los dos hombres eran de cierta envergadura, y la escalera que descendía a las mazmorras de aquel viejo castillo era demasiado estrecha. Las partes metálicas de sus armaduras golpeaban con las paredes: metal contra piedra. En varios puntos, manchas de humedad brillaban ante  sus modernas linternas de queroseno. Sin embargo el olor de la humedad y del combustible quedaban ahogados por el hedor de los seres humanos hacinados.

- ¿Otra vez a visitarle Johann?- dijo el que iba detrás, de pelo blanco.- ¿No te cansas de buscar esas quimeras?

- No es una quimera.- Respondió Johann Von Werder.- Es el destino de Prusia. Es el futuro de nuestros hombres, Friedrich.

El coronel Friedrich Von Lisingen permaneció en silencio. No estaba deacuerdo con la obsesión de algunos de sus compatriotas, empeñados en atribuir a las victorias de Bonaparte un componente místico. Pero tampoco solía expresar sus opiniones en público: La orden Teutónica, aunque disuelta por el propio Napoleón pocos años antes, seguía disponiendo de multitud de miembros, influencia y recursos en el país. Y seguía persiguiendo los mismos mitos, que apenas habían cambiado.

Cuando llegaron al fondo de las mazmorras, Friedrich giró al pasillo de la derecha, donde aguardaban los prisioneros ingleses: “desaparecidos en combate”. Si se supiese que Prusia retenía a todos aquellos oficiales británicos, sus supuestos aliados, sería un escándalo, sería la guerra.
No obstante, bajo una paciente tortura, Von Lisingen iba obteniendo planos, diseños y conceptos de nuevas tecnologías. Prusia abandonaría pronto sus orgullosos caballos, y dominaría Europa a bordo de todo tipo de maquinarias: sería glorioso.

Mientras amenazaba con un hierro candente a un oficial para que dibujase una bomba a vapor, escuchó a lo lejos a Johann, formulando las mismas preguntas de siempre, solo interrumpidas por algún golpe y algún grito:

- ¿Teniente Leclerc, qué pasó en palestina? ¿Por qué abandonaron el sitio de Acre? ¿Qué se llevaron?…. ¿DONDE ESTÁ?

Se escuchó un fuerte golpe desde la celda del infortunado teniente francés. Luego, solo el silencio y la respiración exasperada de Von Werder.

Friedrich tomó los bocetos que le entregaba la mano temblorosa del soldado inglés, abandonando a Johann y a sus fantasías en aquellas mazmorras que, para el resto del mundo, no existían.

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