Luces y Sombras de un Imperio




Feodor avanzó revisando las mesas, donde las viandas y refrigerios se exponían a la luz de las lámparas eléctricas de su casa: luces suizas, vinos franceses, y comida italiana. Solo lo mejor, para los invitados de aquella noche. A pesar de que todo estaba perfecto, y de que los sirvientes estaban prestos para desvivirse por sus huéspedes, el joven noble ruso estaba intranquilo. 

***

Kazimir repasó su rifle: la culata de ébano, el sistema de recarga ruso, y el largo cañón estadounidense. Acarició su arma, lentamente. El contacto del metal y la madera le procuró poco consuelo. Le quedaban pocas balas. La noche era cerrada. El frío mordía en aquella cuneta de barro semi-congelado. El enemigo estaba cerca, y San Petersburgo demasiado lejos. 

***

Feodor se desplazó con gracia, saludando con leves movimientos de cabeza a sus invitados. Su traje de seda crujía ligeramente, mientras de fondo se escuchaba la música clásica. Las parejas de baile se deslizaban sobre el suelo de mármol del salón. Feodor vió en una esquina al viejo Vasily, apoyado en la pared pintada, con una copa en la mano, y una cuchara de caviar en la otra. Decidió acercarse a hablar con el viejo camarada de su padre. 

***

Kazimir se arrastró a través de la cuneta. Un silencio ominoso dominaba la noche. Ni siquiera se oía el ruido de los insectos, solo el viento soplando lejano. Nada se movía alrededor. Era una noche oscura: las estrellas se ocultaban tras unas nubes bajas, y la luna, delgada como un hilo, apenas iluminaba. Se acercó hasta su amigo Georg, que dormitaba apoyado contra una pared derruida. Le tocó el hombro, con suavidad, para despertarle. 

***

Vasily era un hombre bajo, pero de constitución fuerte, y estómago prominente. Saludó a Feodor con una sonrisa amplia, y un estrecho abrazo. 

- Feodor, tu padre estaría orgulloso. ¡Menuda Fiesta! 

- Gracias Vasily.- Respondió el joven noble.- No podía ser de otra forma, en el cumpleaños de mi hermano. 

- Lo cierto es que se agradecen algunos motivos de celebración en estos tiempos.- Aseveró con gravedad el viejo.- ¿Que tal vuestras cosechas? 

- No muy bien, Vasily, no muy bien. Pero, por fortuna, esos nuevos abonos químicos que compré están dando buenos resultados. No estamos tan mal como otros. Pero con tan poco sol y calor… 

- Abonos químicos… ¡Bah! Tendrías que hacer como yo: azuzar y azotar a los vagos de los siervos para que trabajen. Así es como se levantó la madre Rusia, y así es como la levantaremos de nuevo. 

- Ese es un juego peligroso Vasily. ¿Has oído lo de las revueltas en Siberia...? 

***

Kazimir miró a Georg. Había sido un hombre rubicundo y afable, pero la misión le estaba pasando factura: los pómulos hundidos, y el pelo lacio casi blanco, le daban un aspecto macilento. Apenas tenía 28 años y parecía a punto de morir. Abrió los ojos, uno todavía azul, el otro con un aspecto lechoso. 

- ¿Que hora es Kazimir?- Susurró quedamente. 

- Imposible saberlo Georg. Todo está muy oscuro. 

- ¿Y Aleksander? 

- No lo ha conseguido.- Contestó Kazimir, haciendo una seña a un bulto tirado a pocos metros.- O nos movemos, o moriremos congelados. 

Avanzaron torpemente, famélicos. Los mayordomos habían muerto hacía dos semanas: demasiado cargados con las posesiones de sus amos, no habían podido escapar de las nieblas tóxicas de los suecos. Con ellos, habían quedado la mayor parte de las provisiones y las municiones. 

Agotado por el esfuerzo, Kazimir empezó a toser. Desde su encuentro con los suecos y sus venenos, tenía un dolor sordo en el pecho, y su respiración era sibilante. Trató de ahogar las toses para no delatar su posición al enemigo. 

***

Feodor se acercó hasta la mesa de comida, mientras los sirvientes se apartaban con diligencia a su paso. Tomó una pasta, y la comió de un bocado. Se le atragantó y empezó a toser. Poco a poco, recuperó su respiración acompasada. Llevaba un par de semanas con la garganta irritada. Se prometió que por la mañana llamaría al médico. 

Su atención se vió distraída de inmediato por una pequeña conmoción al otro lado del salón. Se dirigió hacia allí con paso confiado y decidido. 

***

El ruido de las extrañas armas suecas empezó a sonar en la noche. Georg y Kazimir, tambaleantes, se refugiaron tras un tronco caído. Los proyectiles silbaban a su alrededor. Kazimir mantenía la cabeza gacha, impotente. ¿De que servían sus armas de lujo, cuando no se veía a quien disparar? ¿Cuándo las balas que le quedaban se podían contar con los dedos de la mano? Una vez más, lamentó haber comprado un arma de calibre tan exótico. 

Georg puso la rodilla en tierra, intentado apuntar a un sueco. Desgraciadamente, en cuanto se levantó, un proyectil le alcanzó en el pecho, atravesándole su ligero peto. Se desplomó cuan largo era. Kazimir atrajo el cuerpo de Georg hacía sí, buscándole el pulso. Muerto. Estaba solo, rodeado de balas y oscuridad. 

***

Feodor alzó a Vera del suelo, donde había caído. La muchacha respiraba agitadamente, mientras su pecho subía y bajaba, atrapado por el corsé. 

- Disculpadme señor. Son estos malditos zapatos.- Se excusó señalando a su calzado, de fina pedrería e imposibles tacones.- Son preciosos, pero poco prácticos. Prefiero las botas de caza. 

- Vera por favor...- La censuró su dama de compañía. 

- Tranquila Dasha. Me disculparé con nuestro anfitrión bailando con él.- Contestó Vera, ofreciendo su brazo a Feodor, para que la acompañase a la pista de baile. 

- Acepto el baile señorita.- Contestó Feodor con una sonrisa.- Pero solo si prometéis no caeros de nuevo. 

Vera soltó una risita tonta, perfectamente calculada. Juntos, fueron a la pista de baile, donde empezaron a dar vueltas suavemente, al ritmo de la música. Feodor tomaba a Vera de la cintura, y la muchacha se atrevió a apoyar la cabeza en el hombro de su pareja de baile. 

***

Kazimir luchó contra sus ganas de huir. Si les daba la espalda sería un blanco fácil. Desenvainó el sable, y avanzo tendido en el suelo, hacia donde procedían los disparos. En ese momento, un soldado sueco se levantó para avanzar. Kazimir lanzó un tajo contra sus tobillos. El soldado cayó al suelo, donde el joven ruso lo remató, cortándole el cuello. 

Pero había otro soldado cerca. Sin pensar en su miedo, Kazimir se abalanzó sobre él. Rodaron con fuerza por el suelo. Tras un torpe forcejeo, Kazimir consiguió hundir el sable en sus tripas. El cuerpo del sueco muerto le cayó encima. 

***

La fiesta había terminado. Todos se habían ido. La velada había sido perfecta, pero Feodor se sentía insatisfecho. Como si algo le faltase. 

Y algo le faltaba. Se preguntó, una vez más, donde estaría su hermano gemelo Kazimir ahora. La fiesta de hoy era por el cumpleaños de ambos. Pero Kazimir estaba en la guerra, y no habían llegado noticias de él en más de un mes. 

Se puso su camisón de noche y se tumbó en la ancha cama con dosel. Cubrió su cuerpo con una pesada manta. Pero el sueño no vendría: se sentía inquieto. Había tenido extrañas pesadillas los últimos días. 

Se sentía solo sin su hermano. Se preguntó si volvería a verlo. 

***

Kazimir se quedó tumbado, con el cadáver del soldado sueco encima. Estaba caliente, pero apestaba. Se preguntó que estaría haciendo Feodor ahora. 

Se habían jugado a cartas quien iría a la guerra y quien se quedaría administrando la hacienda. Kazimir había ganado la mano; pero ahora sabía que Feodor había sido el afortunado. 

Kazimir se tapó con el cuerpo de su enemigo. Pasaría allí el resto de la noche, relativamente caliente y camuflado. Temeroso, esperó a quedarse dormido. Desde hacía muchas noches, el sueño y el descanso habían sido sustituidos por el miedo y las pesadillas. 

Se sentía solo sin su hermano. Se preguntó si volvería a verlo.


Comentarios