El ejército de la niebla




El capitán Lars temblaba bajo su uniforme. El tiempo no era el del crudo frío invierno, pero la humedad que subía desde el lago, en forma de niebla, atravesaba cada capa de su ropa.

Lars quería atribuir su temblor al frío, quería repetirse que no tenía miedo, quería pensar que cuando volviese al cuartel, junto al fuego, el temblor de sus manos pasaría. Pero temía a la niebla. Sabía que en ella habitaba la muerte. Y él no era más que uno de sus siervos.

Se puso la máscara antígas, ajustándo las correas con mucha más fuerza de la necesaria. Su mayor temor era que le fallase. Había visto lo que le ocurriría en las caras de otros compañeros. Recordó como Gustav, su amigo, había tenido una pequeña raja en los cristales para los ojos de su máscara. Recordó los gritos que lanzó durante diez minutos, interrumpidos solo por el horrible sonido que emitía al escupir sus pulmones.

De eso hacía un més, y todas las noches se despertaba, agarrándose la garganta, pensando que le había tocado a él.

Apartó aquellos pensamientos, tratando de concentrarse. Levantó con cuidado las bombonas de gas y se aproximó lentamente al borde del Lago, procurando no tropezar. Se dió la orden por medio de una bandera amarilla y azúl, en lo alto de una loma. Abrió las espitas.

La niebla del lago se fue apartando poco a poco, sigilosamente, ante el gas de un color anaranjado antinatural. Poco a poco, el ruido de los insectos se fué apagando. Una bandada de pájaros se precipitó a tierra. Incluso los peces flotaban en el agua. El sonido de la naturaleza dió paso a un ominoso silencio.

Buena difusión. Máxima letalidad. La prueba había sido un éxito.

Volviendo a lo alto de la loma, donde la bandera amarilla y azúl todavía ondeaba, se preguntó como habían llegado a esto. En qué los había convertido aquel año sin verano.

Junto a la bandera estaba el general, asistiendo satisfecho. A su lado, se balanceaba aquel italiano. Hacía unos años Lars se había encargado de escoltarle desde Turín. El Rey se había ofrecido como mecenas de aquel joven físico y químico, que además era conde. Durante el viaje a Suecia, le había parecido un genio. Pero, al parecer, se había intoxicado con sus propios gases, y el ingenio había dado paso a la locura. El hombre que estaba junto al general dominaba la ciencia de los gases, pero no su propio cuerpo: espasmos recorrían sus artículaciones y cabeceaba de forma compulsiva. Aquel italiano ya no recordaba ni su propio nombre, pero Lars nunca iba a olvidarlo: Amadeo Avogrado.

El general gritó a través de su máscara:

-¡Excelente Capitán!. La mezcla está mejorando. Pronto podremos avanzar grandes distancias sin estar lanzando gas continuamente. Para cuando lleguemos al enemigo, estará agonizando.

- Belísimo, jijijiji- Contestó el italiano, con una voz gorgojeante tras su máscara.

Lars hizo un saludo militar a ambos. No dijo nada.

¿Qué podía decir?. La muerte estaba en la niebla, y el era uno de sus esclavos.


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